Soy una vieja y holgazana almohada...
Los sueños de encajes, de camas palaciegas, de fundas de seda...quedaron atrás.
Llevo más de 30 años siendo la compañera de la misma persona.
Aún recuerdo nuestro primer encuentro.
Yo muy pomposa, esponjada y rebosante de plumas, esperaba pacientemente que algún cliente distinguido se fijara en mí.
Solo que de pronto me vi envuelta en los brazos de una chiquilla de largas trenzas.
-¡por favor niña, que me aprietas demasiado!- (pensé algo incómoda).
Más el esfuerzo fue en vano.
Pudo más la terquedad de la pequeña, que mi fallido intento por pertenecer a la aristocracia.
Desde entonces mi vida ha tenido momentos críticos, como cuando envidié la libertad de aquel guapo papalote (aquella primera vez que me llevaron al mar)... O cuando conocí un sentimiento extraño llamado "celos", gracias a que tuve que ser compartida por el resto de mis días con un hombre de grandes bigotes.
Tiempo después tuve la osadía de querer cambiar mi personalidad, solo que al observar el eterno aburrimiento de mi vecino el sofá y la penosa rigidez de mi compañera la silla, pude darme cuenta de lo valiosa que ha sido mi existencia.
Porque año tras año he sido la niñera, el paño de lágrimas, la compañera de viajes, de desvelos, de enfermedades.... y hasta la consejera!
Por eso hoy... en el ocaso de mi existencia, ya muy cansada pero felizmente apachurrada, convencida estoy que la terquedad de aquella niña (hoy abuela), fue lo mejor que pudo sucederme en la vida.
Julio, 1995