Como todas las tardes desde aquel día, Sara observa el mar. Los viejos del pueblo la consideran, los jóvenes piensan que le falta una tuerca, pero a ella ambas cosas la tienen sin cuidado porque a sus 80 años estar justo ahí es lo que la motiva a levantarse cada día.
Nació y creció en esa remota isla de tierra húmeda, pegajosa y caliente. De la mano de su padre aprendió a cazar iguanas y armadillos para alimentarse y cuentan que antes de despuntar el día, se les veía en medio del océano dentro de la barcaza roja, a veces pescando y otras intentando comprender los misterios de esa inmensidad.
Un día, cuándo el sol se ocultaba, llegó del mar un hombre de piel blanca que anduvo por la isla levantando rocas, hurgando cuevas y enamorando a Sara. Meses después, ella lo vio partir dejándola con un corazón roto y una panza abultada.
A los pocos años, el pequeño Nicolás jugaba entre las olas bajo la mirada atenta de Sara. El niño absorto en el juego, no vio la enorme ola que de pronto apareció tras de él, ni escuchó el grito desgarrador de su madre.
Menjurjes y pócimas no fueron suficientes para despertar a Sara de su estupor, hay quien dice que la mitad de ella se fue con el hijo mar adentro, por eso hoy, como toda las tardes, Sara solo se dedica a observar el mar... desde aquel día.
Gema Vázquez Michel
Abril 2012