Ensimismada en mis pensamientos, normalmente extremos respecto las diferentes motivaciones de nuestros políticos en ciernes, llegué como cada domingo a la gasolinera de siempre.
Al arribar acostumbro ponerme en pausa, ante la consigna de mi esposo de pedir por litros y no por pesos, de checar que la máquina se ponga en ceros, y por último cerciorarme que el tapón quede en su lugar.
Me gusta que me atienda el señor gordito de cachetes colorados, durante 30 años he visto en él el paso del tiempo, alzas de precios, dos asaltos, y hasta hijos compartiendo el mismo trabajo.
-¿Y usted de donde es oiga?- le pregunté nomas por nomas.
-Yo soy de Arandas fíjese usted, allá me dedicaba al campo. Pero ya sabe, no ajustaba para nada y yo ya con un chamaco. Entonces me vine un día, allá por el 67, desde entonces aquí estoy, ganando mejor y hasta con seguro, pero eso si, muy contento de haber encontrado un trabajo de acuerdo a mis huevonadas.
No supe si reír o llorar, sobre todo porque de pronto, me quedó claro las motivaciones “reales” de la mayoría de nuestros gobernantes.
O... ¿de la mayoría de los mexicanos?.