Nací bajo el yugo de una religión opresora (al menos así lo sentí desde muy temprana edad).
El pecado, el infierno, el purgatorio dirigían mi vida.
El “tener” que hacer las cosas como Dios manda...
-¿Cómo lo manda Dios?- (era mi eterna pregunta).
Que en la Biblia encontraría las respuestas.
-¿La Biblia?, ¿que la Biblia no es más que una interpretación de otros seres humanos?-
Ante tanta pregunta y escasas respuestas, puse “pausa” en mis credos, y me dediqué a vivir.
Decidí ser libre de ser, hacer y deshacer con todo y sus consecuencias.
En ese intermedio fui bombardeada por todo tipo de filosofías.
Curiosamente cada una decía ser dueña de “la verdad”.
Científicos, filósofos, y los que todo lo saben, hablan de explosiones cósmicas, bacterias, mutaciones, energías en movimiento.
Definiciones que por más que les busco, no les encuentro el modo.
Sobre esta base es que nace mi propia filosofía.
Mi creencia en un ser superior.
Porque si alguien me pregunta QUIÉN hizo aquella casa?
Yo puedo imaginarme a un arquitecto creando el proyecto, después dibujándolo y por último materializándolo.
Así una aspirina, o una nave espacial... o un par de zapatos.
Pero si alguien me pregunta QUIÉN hizo el viento?, o el mar?, o las flores?
Me quedo sin habla.
Ahí es donde entra “mi” Dios.
Sin rostro.
Sin nombre ni etiquetas.
Ni manipulaciones mucho menos amenazas.
Sin infiernos ni castigos.
Mi Dios no incita a guerras “santas” ni promueve inquisiciones.
No impide el desarrollo de las civilizaciones.
Ni quita la libertad de pensamiento.
Y ante todas estas reflexiones, YO asumo mi responsabilidad.
Y la razón de estar aquí y ahora.
Un ser en evolución espiritual constante.
En amar lo que me rodea, mi entorno, mi espacio, mi hábitat, mi planeta, mi universo.
Porque si de algo estoy convencida es que TODOS somos una misma energía.
Octubre del 2011.
Octubre del 2011.