La mujer extraterrestre lo tomó de la mano y lo llevó hacia la nave. A sus 8 años no sentía miedo, la incógnita de su futura misión lo emocionaba.
Por dentro la nave era blanca, fría y luminosa, miró por la ventana y se sorprendió al observar el planeta a sus pies. Poderoso al ver todo tan pequeño, se le ocurrió la posibilidad de jugar con él. Quitar, poner, cambiar... un mundo a su antojo nunca sería complicado.
-Tendré que consultarlo con el alto mando en cuanto lleguemos a la ciudad base- pensaba el niño justo cuando la nave aterrizo.
Corriendo bajó a buscarlo. Ansiaba narrarle sus hazañas, sus proyectos, pero al sentirse envuelto en aquel cálido abrazo, la ficción sufrió un descalabro y el chiquillo simplemente susurro:
-¡Abuelo!-
Gema Vázquez Michel
Abril 2012